Rinrín Renacuajo
contra el glifosato
Por Daniel Samper Pizano
El Tiempo. Bogotá, Enero 2007
El glifosato está a punto
de convertirse en símbolo nacional. A causa de los estados
delirantes que ofrece esa enfermedad llamada patriotismo, el conflicto
con Ecuador por la fumigación fronteriza de cocales empieza
a plantearse ya alrededor del veneno y la soberanía. Han aparecido
en estas mismas páginas polemistas llegados de Marte que defienden
el glifosato como acto de afirmación nacional y aseguran, a
partir de un estudio amañado y desprestigiado de la agencia
antidrogas de la OEA, que este químico es inofensivo para el
medio ambiente. Con un poco más de cuerda, propondrán
que sustituya al cóndor en el escudo, para que los ecuatorianos
sepan a qué atenerse cuando los colombianos nos emberracamos.
Pero el problema no son solo nuestros
indignados vecinos. Somos nosotros. El glifosato es malo para todos.
No pueden seguir contándonos la fábula de que las señoras
de California lo utilizan en sus jardines y viven dichosas rodeadas
de hortensias, margaritas y maridos golfistas. Es cuestión
de dosis. El baño de pesticidas en la jungla -colombiana o
ecuatoriana, da igual- resulta inaceptable. Los defensores del tóxico
dicen que se emplea en varios países latinoamericanos. Cierto.
Pero, ¿se han preguntado con qué consecuencias? Para
medir lo que provoca esta sustancia en el entorno natural cercano,
conviene destacar que la Universidad Católica de Quito descubrió
recientemente que "fragmenta el material genético de plantas
y personas" y es capaz de producir malformaciones en las generaciones
futuras sometidas a su impacto. En Argentina, un investigador señaló
que aunque al Roundup (marca del glifosato de Monsanto) se promueve
como "ambientalmente amigable", constituye un peligro para
el ecosistema. En cuanto a México, se utilizó contra
el lirio en la legendaria laguna de Chapala, a la que cantó
José Alfredo Jiménez en tiempos menos atrabiliarios,
y despertó una ola de protestas ecológicas. Como se
ve, no es que los ecuatorianos sean escandalosos, sino que el glifosato
es "producto non grato" en muchas latitudes.
Parece increíble que el
mismo día en que El TIEMPO informa que Colombia es potencia
mundial en mariposas, colibríes y anfibios, las avionetas estén
rociando la selva donde habitan estos animales. Los anfibios, por
ejemplo. La Universidad de Pittsburgh (E.U.) demostró que el
glifosato disminuye en 86 por ciento la población de sapos
y ranas. Si Uribe quiere ver a Rinrín Renacuajo totalmente
tieso y muy poco majo, que siga fumigando.
Produce vergüenza, así
mismo, que vuelva a hablarse de envenenar los parques nacionales,
justo cuando aparece un emocionante libro de Villegas Editores sobre
este maravilloso patrimonio natural. "Que Dios nos dé
fuerzas y nos ilumine para proteger y conservar nuestros parques",
escribe en el prólogo el ministro Juan Lozano Ramírez.
Seamos prácticos; no es preciso que nos ilumine a todos: basta
con que le encienda la linterna al que sabemos.
Olvídese por un momento
de los ecuatorianos, señor Presidente. El glifosato es reprobable,
pero no solo para nuestros vecinos, sino para los colombianos de hoy
y de mañana. Constituye un crimen insistir en una fórmula
que ha demostrado su rotundo fracaso -los cocales cada vez son más
inmunes al veneno, pero los seres que los rodean, no-, solo para dar
gusto a quienes no tienen por qué profesar mayor estimación
por nuestro medio ambiente